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Olas de calor y contaminación aumentan el riesgo de ACV en adultos mayores, según un estudio

Datos de investigaciones realizadas en la ciudad de São Paulo y presentados durante la FAPESP Week Países Bajos muestran que el ejercicio físico y la prevención cardiovascular son las mejores estrategias para proteger el cerebro

Meeting Announcement

Fundação de Amparo à Pesquisa do Estado de São Paulo

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Alessandra Goulart, a professor at the USP Medical School, in a lecture given at the University of Leiden

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Credit: Elton Alisson/Agência FAPESP

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de São Paulo (USP) reveló que cada día adicional de exposición a una ola de calor en la capital paulista está asociado con un aumento del riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular (ACV) agudo en personas de 65 años o más. En la investigación se consideró como ola de calor un período de al menos dos días consecutivos con temperaturas máximas de 33,1 °C o superiores.

Este impacto se vuelve aún más crítico cuando las altas temperaturas se combinan con la contaminación del aire por material particulado fino PM10, una mezcla de partículas sólidas y líquidas microscópicas provenientes principalmente de la quema de combustibles vehiculares y del polvo inhalable, muy presentes en el aire de São Paulo. Según los datos de la investigación, por cada día adicional de exposición a esta combinación, aumenta la probabilidad de sufrir un ACV entre los adultos mayores de la capital paulista.

Algunos resultados preliminares del estudio, realizado en el marco de un proyecto apoyado por la FAPESP, fueron presentados por Alessandra Carvalho Goulart, profesora de la Facultad de Medicina de la USP (FM-USP), durante una conferencia impartida en la FAPESP Week Países Bajos. El evento se llevó a cabo entre los días 27 y 29 de octubre en el campus de la Universidad de Leiden.

“Es la primera vez que una investigación epidemiológica de base poblacional, es decir, basada en datos reales de una amplia proporción de la sociedad, cuantifica, en la mayor metrópoli de América Latina, el impacto directo y agudo del estrés térmico sobre el riesgo inmediato de sufrir un ACV agudo en adultos mayores”, explica Goulart a Agência FAPESP.

Cómo se realizó el estudio

Para llegar a estos resultados, los investigadores utilizaron datos epidemiológicos del Estudio de Mortalidad y Morbilidad del Accidente Cerebrovascular (EMMA), un proyecto también desarrollado en la USP con financiamiento de la FAPESP. El objetivo del EMMA es evaluar la epidemiología (la distribución y los patrones de las enfermedades en la población), los factores de riesgo, las tasas de incidencia, la supervivencia y el pronóstico de más de mil casos de pacientes diagnosticados con ACV isquémico —un tipo de accidente cerebrovascular provocado por la obstrucción de una arteria que impide la circulación de sangre en el cerebro— entre 2006 y 2018.

A partir de esta base de datos, el grupo analizó una muestra específica de 769 personas diagnosticadas con ACV agudo, de las cuales el 54,2 % eran mujeres y el 65,5 % tenían 65 años o más. Mediante un modelo estadístico, se compararon las condiciones meteorológicas y la calidad del aire a las que estuvieron expuestas estas personas durante los días inmediatamente anteriores al episodio neurológico. A partir de esta modelización, se calculó el efecto acumulativo de cada día adicional de ola de calor.

En el modelo que evaluó únicamente el impacto térmico, se identificó una razón de probabilidades (medida estadística que compara las posibilidades de que ocurra un evento en un grupo con respecto a otro) de 1,121. Sin embargo, cuando el análisis estadístico incorporó la interacción continua entre la ola de calor y la concentración de PM10, la razón de probabilidades aumentó a 1,404, lo que demuestra un incremento significativo del 40,4 % en el riesgo por cada día adicional de exposición a esta combinación de estrés térmico y contaminación.

“Los datos preliminares del estudio EMMA ponen de manifiesto que el cambio climático y la contaminación atmosférica no son solo amenazas ambientales lejanas, sino factores de estrés urbano inmediatos que afectan la salud cerebral y desencadenan episodios vasculares agudos en la población de adultos mayores”, afirma Goulart.

La investigadora explica que, desde el punto de vista fisiológico, la exposición al calor intenso provoca una reacción en cadena en el organismo. La sobrecarga térmica causa deshidratación, lo que reduce la parte líquida de la sangre y hace que esta se vuelva más espesa y viscosa. Además, provoca alteraciones profundas en la termorregulación (la capacidad del cuerpo para controlar su propia temperatura) y en la función cardiovascular. “Este conjunto de alteraciones afecta el flujo y la presión sanguínea en el organismo y actúa como un desencadenante directo e inmediato del ACV”, señala.

Protección contra el daño cerebral

Paralelamente a los factores de estrés ambiental, los investigadores evaluaron cómo los hábitos de vida y el cuidado cardiovascular protegen la estructura neurológica frente a la enfermedad de pequeños vasos cerebrales (EPVC), una afección caracterizada por alteraciones en las pequeñas arterias del cerebro que pueden provocar deterioro cognitivo y demencia.

En investigaciones vinculadas al Estudio Longitudinal de Salud del Adulto (ELSA-Brasil), el equipo realizó un seguimiento de 1.285 participantes (de los cuales el 61,2 % eran mujeres de alrededor de 66 años) a lo largo de cuatro rondas de exámenes efectuadas entre 2008 y 2024. El ELSA-Brasil es el mayor estudio epidemiológico de cohorte de América Latina, realizado por el Ministerio de Salud y centrado en el seguimiento de un grupo de personas a lo largo del tiempo para investigar la incidencia y los factores de riesgo de enfermedades crónicas no transmisibles, especialmente las cardiovasculares y la diabetes.

“Analizamos la salud cardiovascular de manera continua mediante la puntuación Life’s Essential 8 [métrica creada por la Asociación Estadounidense del Corazón (American Heart Association) que monitorea ocho factores fundamentales: alimentación, ejercicio físico, sueño, tabaquismo, índice de masa corporal, colesterol, triglicéridos, glucemia y presión arterial]”, explica Goulart. Los resultados demostraron que por cada incremento de 10 puntos en esta puntuación, se registra una reducción del 14 % en la probabilidad de desarrollar lesiones graves de pequeños vasos cerebrales.

Escudo cerebral

La práctica regular de ejercicio físico también se destacó como un poderoso escudo protector para la longevidad cognitiva y la preservación de la memoria. En una muestra de 1.200 voluntarios del ELSA-Brasil —de los cuales el 59,2 % eran mujeres de alrededor de 66 años—, los investigadores constataron que mantener niveles moderados a elevados de actividad física estuvo asociado con una reducción del 21 % al 22 % en el riesgo de presentar marcadores de EPVC. Entre estos marcadores se encuentran las lagunas isquémicas (pequeñas cicatrices dejadas por infartos cerebrales previos), las microhemorragias (pequeños sangrados microscópicos en el cerebro) y la dilatación de los espacios perivasculares (ensanchamiento de los canales que rodean los vasos sanguíneos cerebrales).

“Además de reducir las lesiones en la microcirculación cerebral, constatamos que la actividad física preserva el volumen de la corteza entorrinal, una estructura ubicada en el lóbulo temporal y fundamental para el procesamiento de la memoria y la orientación espacial”, señala Goulart. El análisis indicó una reducción del 21 % al 30 % en el riesgo de atrofia cortical (pérdida de volumen celular) en la corteza entorrinal de ambos hemisferios cerebrales entre los participantes más activos.

Para garantizar la precisión diagnóstica en el estudio ELSA-Brasil, el equipo recurrió a tecnologías avanzadas de medición y neuroimagen. Los niveles de actividad física moderada a vigorosa se midieron objetivamente mediante sensores de actigrafía —dispositivos electrónicos similares a relojes que registran continuamente los movimientos del cuerpo—, que los participantes llevaron en la muñeca durante la tercera fase del estudio (2017-2019).

Por su parte, la integridad del tejido neurológico se evaluó a partir de 2023 mediante resonancias magnéticas cerebrales de alta resolución. Los investigadores aislaron el efecto del ejercicio físico de otras variables que podrían influir en los resultados, como la edad, el sexo, la raza, los ingresos, el nivel educativo, el tabaquismo, el consumo de alcohol, el índice de masa corporal, la hipertensión y la diabetes.

“Estos hallazgos del ELSA-Brasil demuestran que la prevención cardiovascular y el ejercicio físico constituyen un pilar de protección individual indispensable para mantener la resiliencia cerebral en metrópolis que envejecen rápidamente”, advierte Goulart.

Según la investigadora, la convergencia de los resultados del EMMA y del ELSA-Brasil pone de manifiesto que garantizar la calidad de vida de la población de mayor edad en las metrópolis contemporáneas depende de acciones coordinadas. Estas medidas se han vuelto aún más urgentes debido al acelerado envejecimiento demográfico en América Latina, como ocurre en São Paulo, donde la población de adultos mayores creció más del 50 % entre 2010 y 2022 y ya supera los 2 millones de personas.

“Proteger la salud cerebral y garantizar la longevidad en ciudades con un envejecimiento acelerado exige implementar una estrategia doble, capaz de combinar el fomento del cuidado cardiovascular a nivel individual con acciones efectivas de adaptación climática en los centros urbanos”, considera la investigadora.

Según Goulart, la elevada prevalencia de lesiones vasculares observada en los exámenes apunta a un cambio relevante en el perfil neurodegenerativo de la población de adultos mayores. “Lo que hemos observado en los datos epidemiológicos es una prevalencia considerablemente mayor de episodios vasculares cerebrales y lesiones en la microcirculación del cerebro en comparación con los casos de enfermedad de Alzheimer en esta muestra”. Para la científica, este hallazgo refuerza la urgencia de priorizar el cuidado cardiovascular como la principal línea de defensa contra la demencia y el deterioro cognitivo en la vejez.

Efecto neuroprotector del litio

Aunque los datos epidemiológicos indican una menor proporción de casos de enfermedad de Alzheimer en comparación con las lesiones vasculares, la búsqueda de tratamientos capaces de frenar el avance de esta enfermedad neurodegenerativa sigue ocupando un lugar central en la investigación científica. En el ámbito terapéutico, investigadores de la USP estudian desde hace más de dos décadas los efectos neuroprotectores del litio en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer.

Liderado por el profesor Orestes Forlenza, el grupo realiza ensayos clínicos con pacientes en etapa previa a la demencia (que presentan una condición conocida como deterioro cognitivo leve). En estos ensayos, apoyados por la FAPESP, la administración de litio en dosis subterapéuticas (cantidades muy inferiores a las utilizadas tradicionalmente en psiquiatría, lo que minimiza los efectos secundarios) demostró capacidad para atenuar y estabilizar la pérdida de memoria y el deterioro del razonamiento.

“Llevamos más de 20 años estudiando el litio y los estudios clínicos han demostrado su potencial para atenuar y estabilizar el deterioro cognitivo, lo que sugiere una modificación del curso de la enfermedad”, afirma Forlenza. El investigador destaca además que estudios estadísticos que comparan los resultados de múltiples investigaciones independientes (revisiones con metaanálisis) han permitido contrastar los datos del grupo paulista con los de intervenciones farmacológicas recientes. “Es interesante observar que, con estos nuevos medicamentos contra el Alzheimer que están disponibles en el mercado, la magnitud del efecto estabilizador sobre la cognición es muy similar a la del efecto del litio”, compara.

Además del seguimiento clínico, las investigaciones del grupo en modelos animales transgénicos —ratones modificados genéticamente para desarrollar síntomas y alteraciones cerebrales similares a los del Alzheimer humano— demostraron que el litio actúa directamente sobre los procesos biológicos y conductuales de la enfermedad.

Los análisis de laboratorio revelaron que esta sustancia, administrada en dosis subterapéuticas, ayuda a inhibir procesos que alteran el funcionamiento de las neuronas, reduciendo la acumulación de placas tóxicas y evitando la destrucción del “esqueleto” interno de las células cerebrales. La intervención también demostró mejorar los parámetros de ansiedad y depresión en los animales.

“Demostramos no solo una modificación de este proceso biológico, sino también una mejoría de las alteraciones conductuales que presenta este modelo transgénico. El litio permite recuperar una función que se pierde debido a la patología de la enfermedad de Alzheimer”, afirma Forlenza.

Más información sobre la FAPESP Week Países Bajos en: fapesp.br/week/2026/netherlands.


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